Avanza la lluvia sobre cada palmo de acera y asfalto, y supone la viandante que también allá en las montañas y en la mar. Ha sido poca y tenue en el tiempo, porque el tiempo de un día son muchas horas, veinticuatro, y lo que va de tiempo de otoño también varios días, había durado tanto el calor del día, del día a día, que parecían otros tiempos, como el observador de la chica que es cielo mismo, le parece que ese atavío con el que se apresura sobre la lluvia lo es también de otros tiempos, o latitudes o de una otredad simplemente.
La ciudad compungida por un cañón que habían sido hasta el día una reliquia de la plaza porticada en otro tiempo, hasta que alguien los sustrajo y dejaron de ser un fetiche público y singular. Un cañonazo, que es para lo que sirven los cañones en activo, a modo de avisar a la ciudad para echar a correr, pero a correr de esa cosa tan propagandística y biensentante que se llama runing, una cosa de singular asueto, no de que nos persiga la muerte, así que convertido el hecho de fuego y estruendo en un detalle que pretende ser simpático. Eso tampoco parece muy de esta latitud y mucho menos de este tiempo, tampoco el chorro de vestimentas de Millan Anstraim un día sí y otro y otro, por el callejear de la sociedad civil, si eso que veníamos siendo la mayoría, o todos. Se ha venido vistiendo el otoño de extrañeza, a ver si de una vez alguien contemporiza: Un rayo, un hallowen, un picnic en un semáforo. Dios, Rosalía. Alguien.