No había horizonte. Pero sí una línea por la que asomaba, entre panzas y cuencas, el fulgor del día. La sensación no era extraña, se repite de tanto en cuanto, temporalmente, cuando llega el momento oportuno, que es siempre de necesidad. Dice la canción ‘Gira, el mundo gira’ y eso es todo lo que concernía a la escena, a las escenas porque todo acto reflejo tiene eso: un reflejo. Podía haber deslumbrado más el hecho en sí, pero no había nada realmente extraordinario aquella mañana. Era todo rutina, la función rutinaria de saber, intentar saber, por dónde van a salir las cosas. Asomarse y mirar, ver. La reacción final pese a nuestro interés no se sabe. El estatismo es así.