Había algo que recoger y algo que dar. La cosa era perfecta, una más que otra porque él estaba harto de mañana y quería que llegara la hora del almuerzo, doblado sobre el container metiéndole el pie izquierdo a la pala para arrellanar lo que no se veía, para que cupiera más antes de que llegara el camión de recogida y sustituyera uno por otro. El otro él se relacionaba con ellas, tan denostadas desde que son legión, mas eso no le impedía cada día ir a mantenerlas y sustentarlas sobre sí mismo, pertrechado con sus viandas recogidas entre los cuscurros que arrojan los comedores. Uno da la espalda al sol y el otro la cara a la fachada. Un hombre, cada hombre, vale lo que hace.