
Fue casual, pasar y de pronto observar que allí mismo, en plena calle, alguien había depositado sus antiguos tesoros para que cualquiera al tránsito se sirviera de una historia. No había sido un asesinato fortuito, solo un abandono, unas obras de desecho apiladas sobre una peana de mármol, frío; el candor, la intriga, el desasosiego, la amabilidad, la bohonomía de los posibles habitantes de aquello estaba por ver. Fue todo un hallazgo eso estarían pensando los chicos y chicas que no eran ciegos.
Ellas, las señoras mayores, sólo querían una explicación, breve porque… Para eso era bien extensa la carta que ya habían leído hasta dos veces (o como decían los tecnócratas del nuevo siglo a la que ‘le habían dado dos vueltas’). Una aclaración, porque lo que venía escrito en línea con lo que venía cifrado no les cuadraba, o quizá no les parecía bien explicado, o bien correspondido. El prescriptor las atendió muy amable redondeando en verso lo que había esquematizado el jefe; algo que se tenía que materializar tomar cuerpo si le hacían caso. Era otro hallazgo, mal visto porque a algún diseñador de moda se le ocurrió poner un cabezón de ajos para que nadie supiera la determinación de las señoras sobre el papel o sobre los versos oídos: la realidad que iban a degustar minutos después… Tampoco se supo lo que dio de si el traqueteo que mantuvieron chavales y chavalas sobre la peana de mármol. No es la mente, son los ojos los que limitan los hallazgos.


