«Parlem!» dijo el padre a los niños que se habían enfadado un poco. Eran niños y estaban fuera de casa, en otra latitud. Tenían algún asunto que arreglar según se deducía del término y de cómo el padre los dejó: virándolos de los hombros, poniéndolos enfrentados. Son primos y tienen que arreglar una cuita pequeña de la tarde anterior, que el padre de uno sabe y quiere que se arregle pues durmieron en camas separadas. A un rato las hermanas y las primas, están intentado comunicarse de cerca y con algunas amigas que dejaron lejos, en la otra punta de España, se han contado sus cosas muy particulares, y casi confidentes y algunas tonterías y anécdotas que no se pueden sentir bien en la distancia.
El padre y el tío (que tiene casa en propiedad en el lugar de veraneo) han salido después de cenar pero sin ganas de pasear. Se han llevado a Urko que convive con mucha calor todo el día. Ocupan dos mesas en el bar de Parrili, que les conoce de siempre y a esas horas, tras las cenas, les deja con la copa corta que se acomoden como quieran; hablan sin pasión de una historia antigua, que ocurrió entre ellos en ese mismo pueblo, cuando no había tantas calles peatonales, porque apenas había coches. Mañana será otro día.