No tienen otra cosa que hacer, o es lo que creen o entienden que deben hacer. Están a lo suyo: con la conversación pendiente mientras saborean lo que les va llegando a la vista y a la boca. Esos son ellos porque están hechos de busto redondo. Ellas, estampadas, están en lo suyo; allí donde, con una actitud altiva o incluso desafiante, les crearon quienes las crearon o recrearon. Ellas perennes o al menos duraderas, y ellos fugaces o temporales en una continua acción que en unos minutos cambiará su actitud, su modelaje, su presencia y/o ausencia en esa misma estampa. Pero todo esto es una ficción que tiene en la cabeza el observador. Están a lo suyo, con ademanes, miradas, aplomo y pensamientos propios incluso. Han descubierto ya que casi todo esto es mentira, solo una realidad instantánea que pretende explicar quién persiste en decir que se ve lo que ahora ya no hay. Solo ellas, permanentes observadoras son las que retienen lo que hay, hubo y habrá: el resto es gente pasajera.