
La luna de plata y el sol de oro, es más simple que el mecanismo de un chupete hacer esta comparación tan evidente con la que (haciendo amagos de poeta) pretende el que escribe parar la rotación de la tierra, como si hubiera descubierto en su creación la esfera fosforescente, de blanco nada impoluto, con vetitas marmóreas o como bola incandescente y por tanto de luz cegadora. Pero el baby-poeta sabe al fin que es de carne y hueso y sangre y pelo y aunque no quisiera: el super cierra a las nueve y media, la médica se va a las doce y treinta, el autobús pasa cada dieciséis minutos y en abrirse la aplicación se tarda cero coma. Así que no le ha hecho caso a nadie de los que viven en lo analógico y un día de fin de marzo se levantó tardísimo, se dio cuenta porque al mirar la hora aún no había desayunado, y los poetas aunque no lo tengan prefijado, aunque sí prescrito: desayunan. Más que nada por mantener la carne, el hueso, la sangre, el pelo y las ganas de hacer poesía. Mientras pasa el tiempo y salen la bola incandescente y el pandero plateado, ante su rutina. Ustedes hubieran preferido que se pusiera ‘su asombro’, pero eso es porque no son poetas.


