El mar se veía a las claras, estaba enfrente, no precisaba alzar mucho la vista porque el horizonte ha parecido tantas veces que quedaba más bajo que el nivel desde el que se miraba que ¡voilá! En la mañana de plata pasó igual, quedó lo mismo.
Los caminos para los que tirar estaban marcados, lo que ha ocurrido tantas veces que cuando uno se sirve de animal de hierro y tapicería no tiene más que atender a eso: las indicaciones, que -como a estas alturas del año se ha descubierto-, son obligaciones.
Por eso, y por requerimiento del tiempo no hace falta ir tan ‘puesto’ a estas alturas del mismo año, por muy temprano que sea, esperar a alguien que provea, una puerta más allá de la doble de cancela y ciega es estar en una intersección que nos obliga a bajar, subir o retroceder, no hay indicación obligatoria. Pero hemos quedado aquí. En la esquinita te espero, pasando el broncherón que dejó el tiempo, ¿qué tiempo? Mira el hombre la sombra del sol con un larguero que cruza, parece verano. Es el tercer tiempo y parece que ha llegado. Ha llegado.

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