Acechaba un tiempo que cada año es tan perseguido como esperado. Esperado poco, pero acechaba, en ese alma de niño dormido o que se hace el dormido, un tiempo colorado y dorado y verde botella y medianamente luminoso. Esperaba la noche, como la mañana del día siguiente, un par de zapatos o botas o tacones bajos o manoletinas. Un caramelo de goma sacado de una faltriquera que es un bolsillo comunicado de lado a lado anticipa el regalo final… Unos guantes blancos, unas barbas canas, una fantasía de seres envejecidos por la creencia y por el calendario mismo, que pasa las hojas hasta que no pone fin, como en los filmes que rodaban con caballos en tu tierra, sino que se ciega en el último anuncio o el desconchón de la pared o el clarear de la cubierta del frigo. Esto es una reminiscencia, hoy el paso de los días es continuo en el aparato tan manejable que contiene todo, mágico, que también sabe cambiarse de hora cuando toca. Pero el ser medio dormido del que hemos comenzado hablando espera el lucero del alba o que se eche de verdad la noche, que una mano atenta, o en el lugar predicho por un adulto atento salgan o se encuentre lo que venían anhelando, persiguiendo, esperando. La magia, tan luminosas, brillante, deslumbrante que opaca, para bien, la rutina que le resta al calendario que como un regalo torvo también viene de estreno. Saludos a los renos, los camellos, y al dulce lobo. No es cuento.