Habían venido a contarle muchas cosas que no le importaban nada. En el cargo y en el sueldo llevaba la buena cara y la mala baba. El paisaje fuera era hermoso y pobre, como lo había sido siempre. Nunca había reparado en calificar un paisaje de ‘pobre‘ porque nunca había tenido que hacer nada de encargo sobre el paisaje, de lo contrario ya conocería ese calificativo. Su visión era magnánima siempre porque la cara y la baba se heredan. La baba de tonto no deja ver algo pobre; por un instante no quiso mirarse al espejo que hay en el WC y ni en el del ascensor al salir a darse una vuelta. En los ribazos asomaban cosas que hicieron los hombres. Hasta el horizonte incendiado se disponían barcos, terraos, grúás, viviendas. Sabía que fuera siempre había una ciudad habitada, la suya que pobre no era, contenía despachos con cosas que eran importantes, y un horizonte en llamas sobre el agua fría del invierno.