Estaba aquel día el rey moro
confinado en su Alcazaba
porque así lo había dispuesto
el mandamás, que más manda,
cuando en la puerta del vino
un mercader que se entraba
con dos cubas bien repletas
preguntóle esta demanda.
¿Es cierto mi buen señor
que hemos de seguir en casa
sin ver ni pisar las calles,
otra buena temporada?
-Tan cierto es, buen vasallo
(así el rey le contestara)
que llevo cincuenta días
sin salir de mi Alcazaba.
Aunque consulto a diario
por los medios que me alcanzan
como va el confinamiento
y cuánto tiempo nos falta
para volver a la vida
de siempre, que ya hace falta.
-¿Y que dicen los que saben
de estas ciencias tan extrañas
de epidemias, de contagios
y de estadísticas varias?
-Unos que la curva sube.
Otros que la curva baja.
Aquellos que va en meseta.
Estos que por varias causas
hoy descienden los que ayer
en vez de restar, sumaban.
En fin, un batiburrillo
que causa desconfianza.
¿Y qué podemos hacer?
Volvió a insistir el baranda.
Pues seguir las instrucciones
que desde la tele mandan:
los niños de nueve a doce.
Los viejos de madrugada
a ver si así se constipan
y las pensiones se bajan.
Los del footing por las tardes.
después las amas de casa
pueden ir hasta el mercado
guardando bien las distancias
Y…¿el resto del personal?
Pues… de esos no dicen nada…
Este des confía, miento
me está volviendo majara.
Y el rey moro cabreado
cerró al punto su ventana.

Alicaído ‘El morisco deprimido’