Estamos viviendo hechos que quedarán impresos en los libros de historia y en la memoria de esta generación sin saber aún el alcance de la actual situación. En este contexto de incertidumbres, resulta extremadamente difícil evaluar o pronosticar las consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales, incluso a corto plazo de lo que está aconteciendo. Seguramente será la duración, la profundidad, la extensión y la crudeza de los muy posibles rebrotes y oleadas venideras del virus hasta la aparición y administración de una vacuna, lo que determinará el momento para empezar a valorar con cierta precisión este nefasto capítulo vivido. Incluso calificar lo que estamos viviendo ahora mismo se torna complejo cuando las propias instituciones y los titulares de prensa nos hablan, por ejemplo, de emergencia sanitaria en enero y luego de pandemia la OMS, de estado de alarma el gobierno español en el mes de marzo y de estado de desastre el de Estados Unidos en abril, los medios emplean términos desde crisis sanitaria a catástrofe, etc.
En cualquier caso, más allá de especulaciones sobre las causas y consecuencias y de conceptos más o menos precisos, urge aproximarse a las claves que nos inicien en el camino de comprender mejor el momento histórico que nos ha tocado. Tal vez, pueda ser una oportunidad para retomar algunas de las tesis del sociólogo alemán, Urich Beck, que calificaba en la década de los ochenta de “sociedad del riesgo” a la época contemporánea y el sociólogo canadiense, David Lyon, que hablaba desde los noventa de la “sociedad de la vigilancia”. Estos teóricos sociales, señalaban dos tendencias en las sociedades occidentales, por un lado, la desfragmentación de las estructuras que habían soportado las seguridades y desigualdades de antaño como la familia y que provocaban un proceso de individualización con lazos cada vez más débiles o “líquidos”. Por otro, la globalización como superación de los estados-nación incapaces de gestionar los retos internacionales como los riesgos medioambientales y tecnológicos que llaman hacia un cosmopolitismo sensible a la diversidad de los otros.

Individualización

Estas dos claves o tendencias de la “sociedad del riesgo y de la vigilancia”, individualización y globalización, donde no existen ya certezas ni seguridades, ayudan, sin duda, a comprender el fenómeno o crisis que estamos viviendo. El confinamiento y la distancia social enraizados en el miedo apuntalan el proceso de individualización, mientras que la pandemia declarada, la alerta o desastre global y la sobreinformación instantánea de la realidad compartida mundialmente junto al gran hermano que nos vigila, recuerda nuestro ser cosmopolita. Sin perder la complejidad de este diagnóstico general de las sociedades contemporáneas, puede resultar útil para dar algún paso más concreto sobre las posibles consecuencias “micro” y “macro” en nuestra realidad social y en nuestra cultura.
En lo “micro”, los psicólogos, Mark Schaller y Justin H. Park, hablan de miedo y ansiedad provocado por la pandemia y la amenaza del contagio, activando nuestro “sistema inmunitario conductual” que nos lleva a comportamientos más convencionales y actitudes más conservadoras alejadas de excentricidades. Al temor se añade las medidas impuestas de higiene y distanciamiento social que abundan más si cabe en un impacto en el proceso de aislamiento e individualización. Sin entrar en la crisis económica en ciernes que hará más terrible e injusto todo, las consecuencias psicosociales abarcarán desde el aumento de tratamientos psicológicos para superar los diversos efectos postraumáticos del confinamiento y la cuarentena hasta la perdurabilidad de determinados hábitos sociales que ya están siendo visibles desde el sencillo estornudo en el codo hasta saludos menos afectuosos y físicos pasando por socializarnos digitalmente más si cabe. Unos y otros, recuerdan las visitas al psiquiatra en las películas norteamericanas de Woody Allen y las descripciones del carácter e idiosincrasia asiática en los documentales de la televisión.
Tal vez, el antídoto sea recuperar valores de la cultura mediterránea suma de creatividad, mezcla de humor y estoicismo, y sentido comunitario, enraizado en el familismo y las asociaciones de barrio. Los memes ingeniosos y videos jocosos, el arte en los balcones, las cervezadas virtuales, los grupos incesantes de WhatsApp (Cultura Almería; “Familia” o “Casa” …) y Telegram (Almería Trending…), los mil y un recursos del ocio online compartidos, etc. de los que todos podríamos contar ejemplos están conformando expresiones culturales por catalogar. Mientras las asociaciones culturales que han aparecido en la última década en Almería han creado espacios abiertos y libres, lúdicos y creativos, solidarios y autogestionados ganándose poco a poco la comunidad y su entorno; Classicjazz, LaOficina, La Resistencia, La Guajira, etc., se reinventan con videos, conciertos, actividades, charlas y entrevistas online. Precisamente, LaOficina publicó un video con una entrevista al exministro de cultura almeriense, Pepe Guirao, donde concluía que la cultura está siendo el soporte del confinamiento. Parafraseándolo, existe la oportunidad de que la cultura salga reforzada después de esta crisis si se pone en valor la sensibilidad y creatividad de las gentes, el patrimonio material y natural de sus territorios, y su capacidad de crear comunidad más social y justa.

Seguridad

En lo “macro”, los politólogos de prestigio internacional como Pippa Norris y Ronald Inglehart, llevan advirtiendo la vuelta a los valores materialistas como la seguridad y una desafección de la política institucional desde el inicio de este siglo. La consecuencia más directa ha sido encumbrar a algunos líderes políticos relevantes de carácter populista. Estos basan sus discursos y ejercicio del poder en un autoritarismo y nacionalismo fuerte, en mensajes sencillos y simples, por ejemplo, “nosotros primero” y en un cuestionamiento de las bases de la democracia como son unos medios de comunicación libres y de instituciones supranacionales como Naciones Unidas y la Unión Europea. El impacto de esta nueva crisis sanitaria y global puede profundizar más en esta deriva, si se le suma instrumentos tecnológicos de control “personalizados” y una vigilancia “líquida” donde, por garantizar la seguridad, se ceda voluntariamente la libertad al servicio de un poder autoritario. Por el contrario, cabe mantener la esperanza de que esta situación sirva de revulsivo para redescubrir lo esencial e imprescindible en nuestra sociedad (derechos, bienestar, salud, educación, investigación, renta básica…), la ética del cuidado sobre la base de la responsabilidad y la solidaridad con los más vulnerables (mayores, personas con discapacidad, inmigrantes, excluidos, animales, naturaleza…) y la construcción de consensos y pactos políticos para afrontar los retos globales.
Tal vez, la cultura sirva de vacuna frente a los contravalores de odio (ahora que se habla de trolls y haters) y de egoísmo (en tiempos donde solo se busca rentabilidad personal o política). Las muestras de cantantes y artistas consagrados locales y nacionales que ha compartido y creado uniendo arte y solidaridad con las causas sociales y sanitarias emprendidas de siempre por Cruz Roja, Caritas o Fundación Cepaim, etc. Los mensajes de diferentes espectáculos y conciertos transmiten la idea de nuestro destino universal en esta casa común y nuestro ser ciudadanos globales en un mundo mestizo y cosmopolita. Dos buenos ejemplos han sido los espectáculos del Circo del Sol “connect” que cada viernes de la cuarentena han compartido en internet, combinación de artes y mezcla de artistas de todos los rincones del planeta. Y, recientemente, el macroconcierto desde casa organizado por Global Citizens y la OMS bajo el lema “One World: #TogetherAtHome” donde durante más de ocho horas desgranan sus canciones y sus palabras.
En definitiva, la cultura puede ser el antídoto y la vacuna en tiempos de riesgos inciertos y vigilancia autoritaria, con una tarea que transciende el mero entretenimiento para curar, junto a los sanitarios y cuidadores esenciales, nuestro ánimo con sus artes creativas, al servicio de la comunidad y con valores cosmopolitas.

Juan Sebastián Fernández Prados
Profesor de sociología en la Universidad de Almería