Nada más atrayente que la novedad. Por eso a veces se intenta buscar aquella sin reparar en la degustación de lo que hay de antes. Nada nuevo en un atasco, que nos deja secuestrados en el vehículo en propiedad en medio de los alegres viandantes. Nada nuevo en un bostezo de laxitud. Los nuevos, los que no llevan a cuestas tantos calendarios como los que han transitado dos siglos, con sus trescientos sesenta y cinco días por año, se pueden sonrojar, o sorprender ante la primera vez de ver juntos trozos de lagarto, abanico y asadura (dura), una sombro que se palpa mientras que inconscientes dejan sus huellas dactilares en lo que les separa de palpar la novedad y acercarse a la verdad, tan parecida a los bostezos que denotan sueño o hambre según la hora y el ánimo.