A los veintiséis años, con motivo de una visita de amigos a Yegen, donde se había establecido un mes antes, Gerald Brennan vino a Almería por primera vez. Le traía el comprar unos muebles para habilitar algunas habitaciones de la casa que había arrendado en el pueblo alpujarreño para hospedar a esos amigos, pero su peripecia le llevó a conocer a un personaje que le mostró todo el lumpen de Almería, las Perchas, las casas de cita que el hispanista británico que vivió tantos años en el Sureste de España como Don Geraldo retrató en su capítulo ‘Almería y sus burdeles’ en su obra tan reconocida ‘Al sur de Granada’, que vió la luz por vez primera en 1957 y se ha reeditado en 1974, 1997 y 2003, habiendo caído un tanto en el olvido.
El joven Brenan estuvo en Almería en febrero de 1920, se cumple un siglo justo, y se hospedó, como identifica en el capítulo, en la pensión La Giralda, la actual Bodega Aranda, en Obispo Orberá, un lugar que detalla como con un mal olor a retrete y en el que compartía habitación con otras seis personas, pues su pecunio no le daba para más, y en ella “daban cama y pensión completa por once reales, es decir, por dos pesetas y setenta y cinco céntimos diarios”.
El viajero que acabó retratando nuestro país en otros volúmenes como ‘La faz de España’ o ‘El Laberinto Español’, piropeó a nuestra ciudad con apetito entronizado al asegurar que las calles: “están cargadas de sugerencias peculiares, como todo en esta ciudad”, al descubrir su “lujuriante Vega”, en una atmósfera donde todas las tardes “son apacibles”, y a la que, tras otras visitas, llegó a poner en una balanza con Granada y llamó a esta “ciudad del ritornelo”, y con todo sale ganando “sentí una animación que Granada, con ser de población mayor y por lo tanto de vida más compleja, nunca me dio”.
Pero fue en los veladores de una taberna donde coincidió con su cicerone almeriense, Agustín Pardo, corredor de terrenos, quien le confesó, nada más trabar un vaso de vino, su amor a las mujeres de la vida, que en aquellos años y hasta entrados los ochenta, ejercían en el barrio de Las Perchas, donde aunque el autor rehusaba mantener relación alguna, le acompañó a visitar juntos a sus asiduas para conocer de veras Almería, y Brenan descubrió sugerentes episodios que van desde las amas (como se llamaba entonces a las madames) todas gordas y algunas muy religiosas, otras republicanas y anticlericales, a unas chicas mermadas físicamente por la edad, que incluso eran menores que el escritor, a la joven venida deTabernas que todos querían catar…

Mujeres despiojadas por niños

Un retrato de las casuchas de una sola habitación en muchos casos que motejaban las calles bajo el Baluarte del Saliente de la Alcazaba, en las calles Viña, Luna y Pulpitillo, en la que estaba el único cañillo de agua de este tramo, y las que ya se internaban hacia la calle Toledo y Sorpresa, hoy todas ellas desparecidas, quedando en la trama aún las calle Dicha y Polka, donde eran menos las casas de citas. Estas últimas más cerca de la Plaza Vieja, que retrata como “una plaza encerada y plantada de árboles”, donde quedaban en su visión de hace un siglo algunas bodegas y pequeños talleres, sombra de “la gran zona comercial que debió ser”. Situando bien que: “El barrio de los burdeles, si uno puede llamarle con nombre tan ambicioso, está inmediatamente detrás de la Plaza Vieja”.
Escenifica el hispanista en el capítulo ‘Los burdeles de Almería’ el descubrimiento sórdido, aunque él lo rebaja de tono, con mujeres en sillas bajas despiojadas por los niños, chicas en bata que tiran una bacinilla a la calle, chicas con colorete, y en todas las estancias que visitaron una garrafilla de vino presta a alegrar el ánimo.
En su recorrido con Agustín, el flaco corredor, descubrió también una casa de mayor enjundia (“sólida, con llamador de hierro y ventanas enrejadas”) en la que detalla el encuentro con unos jóvenes que buscaban un reservado para desfogar con alguna de las putas que iban con una simple bata, en la que fue presentado como un inglés literato y conoció la historia de Indalecio Buzón de quien comentó su cicerone que era el pastelero de la Plaza de San Martín, quién falleció en acto de pasión en esa misma casa, o a la ama que tenía una familiar que limpiaba el palacio episcopal, y al policía republicano que le espetó “suspenda estos lugares y en seis meses habrá una revolución”. Igual que en casa de menos etiqueta conoció a la ama Concha que decía que desde Navidad no se movía nada “nadie tiene dinero para gastarse aquí, pero eso al recaudador de impuestos no le importa. Tampoco al cara de mono de la luz eléctrica. Ellos tienen que cobrar aunque nadie cobre”.

El visitante en la gran casa

Refiere como una iconografía piadosa que en muchas casas preside las estancias, incluso en el cuarto de actuación, una imagen de la Virgen del Mar, la patrona de la ciudad, una religiosidad que se traslucía en muchas de las prostitutas, que según su acompañante se santiguaban antes de mantener relación, siendo estos lugares y sus regentes los que tienen al tanto a la Iglesia y la Policía para que no perdieran comba de todo lo que ocurría en el país.
Gerald Brenan -que tras un breve intervalo de vuelta a Inglaterra-, vivió en Yegen, Churriana y Alahurín el Grande, donde murió en 1987 a los noventa y tres años, proyecta una visión con un humor mediterráneo de gran parte de La Alpujarra y de Almería, Adra y la zona de Levante, con La Herrería, donde en un segundo viaje a nuestra tierra conoció a Luis Siret y la Cueva de Los Letreros, lo que cuenta en el siguiente capítulo al de los burdeles, titulado ‘Almería y la Arqueología’.
La vida de este hispanista que nos visitó y refirió con finura la Almería de 1920 y que al cabo se quedó en España casi toda su existencia, donando su cuerpo a la ciencia, queda retratada en la película de Colomo también de título ‘Al sur de Granada’, y su época de Yegen, la que nos ocupa, la desentrañó ante un reportaje el periodista vasco Alfredo Amestoy, enamorado de La Alpujarra y la Costa Tropical, donde reside y mantiene plantaciones, proyectado en TVE y la BBC, de título ‘Aguas pasadas’.
Almería atestigua su paso con una calle en El Zapillo, justo perpendicular a la llamada Gibraltar Español (donde la oficina de Correos tras La Habana), y con una placa al entrar a la derecha de la actual bodega Aranda, antigua pensión La Giralda, donde se hospedó en su viaje iniciático (y en el posterior de 1931) y donde al día siguiente de sus correrías con el gran putañero Agustín; el amo, Rafael Giménez, le anunció que ese “tenía mujer, pero no hijos” porque “se rumorea que no es un hombre completo”.
Brenan que esperaba el dinero de un familiar para pagar los muebles que había encargado el primer día de la semana que pasó en Almería, y no tenía más para mantenerse en la pensión, se encontró sin auxilio de a quien le pidió y abandonó esta ciudad camino de Yegen.

Un impotente de acompañante

En esas últimas horas estuvo pensando dedicarle a Agustín un cuento a titular ‘Un Don Juan de nuestro tiempo’, pues lo merecía ya que “Stendhal, cuya vida había sido una sucesión de fracasos amorosos, había llegado hasta nosotros como uno de los grandes exponentes del arte de amar”.
Esa última noche de febrero de 1920 en La Giralda cogió el sueño regodeándose en la noticia que desmontaba a su amigo del día anterior, al despertar su pensamiento se fijó en que debía en unas horas estar en el cansino tránsito del Campo de Dalías, “interminable, tan derecho como la línea de un topógrafo”, pero retomó la idea que le concilió en la noche: “Ni siquiera Dostoievski, hubiera podido escribir con éxito una historia de amor cuyo protagonista fuera un impotente”. Y así abandonó por vez primera la ciudad esta nuestra que a su entender tenía dos peculiaridades: “la animación y la monotonía”.

Luis G. Yepes

Ilustraciones:

Alcazaba, Las Perchas y Ciudad con Brenan entorno a los 26 años.
Un Brenan joven y la trama de calles principales de las Perchas, sobre vista de la ciudad de Almería.
Tres puertas de habitaciones de la Pensión La Giralda que hoy se usan de almacenaje y avituallamiento en la Bodega Aranda.
Placa, colocada a instancia de Antonio Sevillano, que recuerda hoy a Brenan en la actual Bodega de Obispo Orberá, 8.