Me estaba resistiendo porque habiéndose formado La Mundial, no tengo mucho que decir. No ya por lo sufrido, que sí ha sido intenso y extenso, por las renuncias, por las dudas, por las esperas. Peor aún que eso han sido los muertos y heridos. Me estaba resistiendo pero el año se va, y esta revista, Ondeando, nació hace doce por estas fechas y siempre, como un hálito de persistencia, he venido refiriendo lo ocurrido y deseando al porvenir. Yo mismo no he salido mejor (esto no se ha acabado aunque haya llegado la vacuna, una), ni la revista ha salido mejor cuando no había casi nada que decir. Me alineo con todos los torcedores de bisectrices ‘No hemos aprendido nada’ porque esto ha venido únicamente a joder. Creíamos que estábamos fuera de los dominios de la gripe aviar, para las aves, la peste porcina, para los chiros, las vacas locas… Para los huesos del cocido de la que ha estado en el MasterChef de los famosos. Nos creíamos semidioses y (no vayan pensando que me alegra lo que digo, o lo hago holgadamente)… y nos ha puesto la realidad en las colas, en tener que llamar para reservar en cualquier sitio, en predecir, en creernos los diagnósticos por teléfono, en pausarnos, retirarnos y vernos como una geisha incluso con quienes más nos atan los afectos. Fuera aparte de los que han asistido, aún solo de espíritu, a entierros.
Les felicito el año del fin del la crisis sanitaria, como deseo, con trazas del pálpito de vida que supuso aquel extraño Día de Reyes: el 26 de abril pasado, cuando se dejó salir a la calle a los niños para su alborozo, después de que durante más de mes y medio antes lo pudieran ir haciendo los perros para sus primeras necesidades.
El cronista tiró a pie por El Parque, camino del Paseo Marítimo, como tantos otros días de Reyes en que la crónica estaba en los críos y sus nuevas pertenencias, en ese hermoso día que, ahí la gracia, veremos repetirse en su onomástica real, en nada:
María corre con su bici por el carril habilitado sentido Poniente mientras su madre mira el móvil contestando a alguien, un poco antes la grabó y lo mandó al grupo de wassapp familiar.
El Parque Nicolás Salmerón desde el Quiosco de Pepe hasta el Gran Hotel ve transitar por su centro -por donde días atrás iban esencialmente dueños y dueñas con perros y perras-, a algunos padres con niños, con mascarillas los adultos, también algún pequeño, sin mascarillas la mayoría, con guantes pocos. Han sacado bicis y patinetes principalmente; Pili López, con sus dos vástagos saluda y se regocija en la alegría de que haya salido también el más pequeño que un día atrás no lo tenía claro: “No, ¡yo si quería salir!” le replica a la madre, que repone: “ellos en realidad lo que quieren es quedar con los amigos”. Los muchos juegos infantiles están precintados, no así los ‘pipicanes’. A la altura de la Fuente de los Peces, donde hay dos taxis y el emblemático Quiosco de la Hormiguita cerrado, se han encontrado unos padres con sus hijos, cada uno de su padre y de su madre, que entre ellos son compañeros de escuela, se hablan en corro, más o menos a un metro unos de otros, van con sus biciclos, incluso sus cascos.

Precintos

Un indigente se lava los pies en una de las piletas que tanto tiempo estuvieron sin funcionar y que una vez puestas a punto se habían precintado por el Estado de Alarma, el hombre enjuaga sus pies sin hacerle caso al precinto.
Un coche de policía local atravesado en el carril bici a la altura del puente entre la Autoridad Portuaria y La Ballena mantiene a sus agentes afuera, departiendo con los viandantes, alguien que se supone tiene confianza con la joven pareja enmascarada le pregunta que cómo va el día “bien, sin apenas nada”, es cerca de la una de la tarde.
Dos hermanos serpean los arbolitos bajo el Cable Ingles, vallado con tanto celo para las obras de su rehabilitación-consolidación que los operarios se han tragado entre vallas un tramo de carril bici lo que hace que cualquier ciclista se pueda quedar a cuadros. Otros dos hermanos con un balón, también entre la arboledilla juega al fútbol tradicional… Más allá bajo la pérgola que un día sirvió para la proyección de una Ópera europea un padre a diez metros de su hijo intenta derribar una botella de agua que dista lo mismo del niño que emula también al padre.
Se saludan unas madres con sus hijos que se ignoran, por donde se entra a la cafetería del centro deportivo EGO; nadie le ha llevado nada a los gatos de enfrente, junto al Club de Mar. Siguen precintados los aparatos de ‘calistenia’ que puso el Ayuntamiento en la llamada Plaza de los Periodistas, patinadores sueltos los bordean.
Una algarabía de niños y niñas se cruzan por la acera junto al murete del acantilado del Cable Francés, unos conocidos se saludan mientras camina acelerada una patrulla de voluntarios de Protección Civil con sus uniformes azules y naranja quienes dejaron la ‘furgo’ por el Palmeral. Pasado San Miguel, donde le han quitado la mascarilla que simbólicamente un gracioso le colocó a la estatua del viejete leyendo, comienza ya un aluvión de gente a una hora de la habitual de comer: padres, madres, niños con juguetes varios, la arena cargada de infantes descalzos, con cubos, palas, balones, cochecitos de plástico…
Un ambiente de Día de Reyes menos endomingado, con menos brillo en los enseres, pero con casi igual bullicio sobre la vista del Paseo Marítimo rebautizado como Carmen de Burgos. Un azul zaíno coche de la Policía Nacional va lento por el centro de la avenida paralela al mar, algunos se han decidido a sentarse en los bancos… Esperan la hora del almuerzo en casa. Todos los bares y cafeterías permanecen cerrados con sus sillas atrincheradas en las terrazas de las que ondean al viento las solapas de los toldos.
“Es que no puede ser como antes, ¡Pedro!” reprende una madre a un niño que pretende hacer el caballito en el respaldo del banco. Viene un fotógrafo de prensa enmascarado con el disparador flojo, la fórmula que se impuso desde que no se gastan carretes. Se está levantando viento. Alguien con su móvil fotografía y graba desde su privilegiada casa en primera línea de playa. Después subiría al Facebook lo grabado acompañando de un texto en el que se dice: “De aquí a unos días os echaréis las manos a la cabeza y diréis que por qué los casos de contagio han subido(…)”. Un periódico local se hace eco de la imagen y del sentido de la denuncia del particular. El sábado que viene, cuando en el planteamiento de la desescalada oficial sea realidad el que se puedan dar paseos también de una hora, correr individualmente, e incluso salir los ancianos, podremos titular por alguna foto de conjunto ‘Se armó el dos de mayo’. Hasta entonces habrá tantos días como ollas: la oportunidad jornada a jornada de que padres y niños durante sesenta minutos (oficialmente) de nueve a nueve, pueden disfrutar de la calle, como observantes y observados.26 de abril, aquel extraño Día de Reyes.

Luis G. Yepes/ Almería