La calle es el escenario natural de los que pueden andar, a diario, a cielo abierto, mientras la vida del globo terráqueo pasa, o va pasando. Uno coge su libro y se aposenta en un banco durante un rato y alguien que pasa mira la cara sin ojos para él que están centrado en la sucesión de mosquitos negros, y el que pasa no adivina el título que tiene a metro y medio, para saber sobre qué se está instruyendo el viandante que ha decidido sentarse.
En otro lugar, y apostado a lo meditador sobre el propio pavimento, acera, el organista le da a la partitura que también lee frente a él como hormigas que sabe interpretar con intenciones del pulso del alma, le mira, sin saber bien por qué, el que lleva el paquete con la carretilla endeble pero de empresa, quien mirará en breve la dirección de entrega que hay en la pantalla de su móvil, donde se indica todo hoy. Móvil que no suelta la señora de verde a la que le importan una higa el repartidor y el organista. Es la calle el hábitat de estas gentes raras, menos cuando estas tú.