Te hablaron durante algún tiempo de los seres celestes. La palabra ‘seres’ siempre te ha parecido de las más misteriosas porque no eres psicólogo ni conductista ni de otro tipo; sin embargo ‘ser’, en singular, la tienes más dominada, más asumida, a ver… cómo podríamos decir… Estas socializado, con ella designas desde las moscas hasta a tu vecina la jorobada. Miras al cielo y en esta caída de la tarde no hay nada celeste, ni seres, ni moscas, ni plumas o molinillos. Das un soplido y se está echando la noche, no por el soplido, sino porque ella quiere. Desde donde estas no te ve nadie, pero tú, como ser omnipotente, sí ves todo lo que moteja al ancho cielo. Ja, ja, ja:’ancho cielo’, nunca se te había ocurrido una cosa así: Ancha es Castilla, y las caderas de la hija de la jorobada, y el calendario de pared que te regalaron en la papelería donde vienen los santos por día.
Das otro soplido y las nubes se van tornando del rosa al gris. Volverás mañana, a la misma hora y en el mismo espacio. Eres un animal de costumbres, ¿por qué no te has llamado ser y sí animal? Tienes la cabeza llena de prejuicios: de expresiones hechas. Vuelves y ahora el cielo es un degüello de soles, una yema de huevo que tiene un poco de sangre, que vibra como oro, como oro dulce, clásico y rojo. Es «la insoportable levedad del ser» te dices soplando a la nada limpia, porque no hay ni moscas, ni plumas, ni molinillos. No crees que haya nada malo en esto de soplar. Te descarga del día que se va. Eso crees.



