Como hay un tiempo de visita ‘reglamentaria’ a la orillita del mar, llega un tiempo de cruzar la puerta de la botica que se decía hace dos siglos, nada más. Se va buscando lo que ha prescrito el facultativo ahora por teléfono ‘en todavía’, cuando determina como remedio un nombre que lanza telemáticamente a un trozo de plástico, lo que descifra sin mayor dificultad la manceba o el mancebo, palabra también antañona, digamos hoy la dependienta que rauda se va a por el producto que aguarda en cajoneras correderas. Y así transcurren los días postreros a Las Pascuas desde hace siglos, pero en este hoy año veintidós del siglo veintiuno, con algunos anexos de autorregulación, como los test del virus nuevo. Así las mujeres, que son el grueso de público de los establecimientos de remedios de salud, se afanan en indicar la cantidad de lo que quieren o en cotejar que los nombres de las cosas son las mismas de siempre, de cuando le veían la cara al facultativo. Llegan todas (y todos) de todas las edades al nuevo lugar común, hasta que la orilla del mar nos llame.