De poniente o de levante, según venga o le dé, en periodos de tres días, para el desconcierto de algunos y el regocijo de muchos otros. Viene con su ráfaga de calor o de remiendo del calor, que no es frío, y aunque se extiende por todo el calendario de solsticio a equinoccio en el tercer tercio de la rotación de la esfera nos pega los soplos que más apreciamos. Lo saben tus palmeras y tus persianas, y las veletas que ya no pueblan los terraos porque los latoneros están por China y el negocio productivo en los terrenos descampaos, con sus molinillos enhiestos y sincopados. Llegado al mar y sus cercanías, de donde proviene o a dónde va, se convierte más en espectáculo, porque el espectáculo es lo más preciado en el tiempo que vivimos. Pero con todo lo lúdico que lo creemos, sigue teniendo su utilidad, quien lo ‘domesticó’ lo sabe.