Había ganas de ocupar la localidad; no la localidad como un lugar grande, extenso, lleno de viviendas y vías de doble carril, césped con pajaritos, bancos desvencijados o chicles en los bordillos. La localidad con su número y su fila, y su distancia del lugar de los hechos y su recoleto espacio para que nos quepa ese molliscón donde «la espalda pierde su casto nombre»; para durante hora y pico, u dos u dos y algo enajenar las mientes con lo que los oficiantes nos requerían, repercutían, ‘regalaban’. Vestidos formalmente o más informalitos, chamanes de sus ritos los enfocados o en el foco nos han venido dando -y van a seguir, si «el tiempo no lo impide»-, para solaz de nuestra asquerosa rutina que dieron en llamar ‘nueva normalidad’, domingos, mañanas, tardes o noches de gloria. Sol y sombra, dicen los que no saben si se ha ganado la partida en el ámbito del asueto. Ya lo único que falta es que los médicos de una vez atiendan a su público. Como lo han hecho con generosidad los facultados para la farándula, como le pedían su seguidores, parroquianos o fans.