Subía un buen día el rey moro
por el centro de La Rambla
cuando una hermosa doncella
deteniéndole le hablara.
-Sabéis buen señor, ¿que es tiempo
de rosas  rojas y blancas,
y granates y amarillas?
El buen rey, pidiendo calma
a la tan gentil doncella
con cariño contestara.
-He  visto mil  lindas  rosas
mas de  otros colores  háilas
como son las rosas negras
que indican tristeza amarga.
Vienen de lejanas tierras
y aunque son bastante raras
no dejan de ser  tan  bellas
como sus lindas hermanas.
-¿Es cierto que hay rosas negras
en algún rosal de España?
dijo al punto la doncella.
Y el rey sin perder la calma,
le contestó. ¿Que si es cierto?
En  esta tierra preclara
nos sobran las rosas negras.
Valgan estas comparanzas:
que mil veces  nos hacemos
con los juegos de palabras
de entre  personas y flores.
Por ejemplo, si hay alguno
que  en contra se nos declara
le decimos sin demora:
“Sois un ‘capullo’, macarra ”.
Si queremos zaherir a alguien
con nuestras palabras
hablamos de “echarle flores”.
O si alguno se propasa
de fanfarrón, le decimos:
“que se está tirando un nardo”.
Y aún más, que si alguien nos cansa
por lerdo, bobo y  pesado
pensamos de él sin tardanza
que es un “cardo borriquero”.
En fin, nos  sirven las flores
para desahogar las malas
bilis que a veces nos suben
del hígado a la garganta.
¿Que si hay rosas negras
dices, mi querida “picaflor”?
Pues claro que haberlas, háilas.
Y fuese el buen rey cantando
camino de La Alcazaba.
Alicaído (El morisco deprimido)
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