Le ha correspondido el premio número quince de los que a la guitarra viene entregando la Peña El Taranto desde 2005, sale ese número porque un año, cuando ya estaba prostrado, la entidad decidió entregárselo a Juan Habichuela en cuyo nombre habló y actuó su hermano el también mítico Pepe. David Delgado, Niño de la Fragua es pues el poseedor del decimoquinto premio de guitarra de acompañamiento Peña El Taranto desde el pasado viernes. Profeta en su tierra.
David era un niño de El Alquián, que paseaba el viejo Luis de la Venta por peñas y reuniones flamencas cuando estábamos a punto de vencer un siglo y de cambiar de moneda. Que dejaba boquiabierto con lo que había aprendido inicialmente de Paco López, el que insufló la emoción a tantos, que al poco se las granjeó acompañando a la niña prodigio Jenifer Jésica Martínez Niña del Puerto, hoy la cantante pop India Martínez, y a Manuel Fernández El Titi, y lo descubrió Juan Gómez, el veterano cantaor, y la Fundación Cristina Herem de Sevilla que venía pescando talentos y… podríamos seguir porque esta letra griega es la que más une como decía Antonio Gala, del que no sabemos si se ha muerto, pero no hay espacio.
Eran unos nuevos tiempos efervescentes para el brillo flamenco provincial cuando salió el ‘Entre Quejíos y Pitas’, se les daba un sitio a los jóvenes en el Festival Flamenco de Almería que de la mano de Alejandro Reyes ponía nombres suculentos a cada noche, que eran tres, hicimos ‘Jovenartejondo’, había lugares de reunión como El Brindi, la peña veterana también se abría con ‘El Taranto en la Calle’, El Morato cambiaba de manos y formas.
En ese ámbito y con todos los jóvenes y viejos, el niño David Delgado Niño de la Fragua iba desgranando su talento, su atención, su aprendizaje, su pulsión, con sus pelos de pincho y su cara de bonachón y su no contrariar peticiones, y el “vamos a escuchar al niño” que pronunciaban todos los demás.
Era el guitarrista avezado, sin desmejorar a los de su generación, ni de la inmediatamente anterior, ni de la posterior que aprenden literalmente de él. De gran profesionalidad, de total entrega.
Absolutamente entregado a la causa de las seis cuerdas, la consecuencia es que conoce todas las escuelas guitarrísticas, precisa en todos los estilos y se adapta como pocos a todas las inflexiones, melismas, respiraciones y remates de cantaoras y cantaores de cualquier corte. Esto me lo han refrendado sin ambages varios compañeros de su oficio que, obvio, no voy a mentar. Niño de la Fragua, que debe este sobrenombre a su abuelo, mece el cante, ni lo asfixia, ni lo abandona y es dificilísimo encontrarlo en el gran feo: atravesao, porque para y remeda. Se ajusta, justo, justísimo a lo que declaró un día ese sabio viejo de la Granada de los Cármenes que en medio siglo ha sido el mejor en esto y el que ¡lástima!.. No pudo venir a recoger su premio homenaje después de haber tocado tanto, incluso bailado alguna vez, entre esos ladrillos, dijo, digo Juan Habichuela: “el cantaor es el mataor, y el guitarrista el peón, se pongan como se pongan” en declaraciones a El Mundo de Pedro Jota.
Sabedor de todo eso en el recital de recogida de su Trofeo Taranto de Guitarra, este viernes 5 de octubre, Niño de la Fragua se hizo acompañar, vamos a decirlo así, de dos voces la de El Titi y Ezequiel Pasamontes Zarrita, haciendo dos únicos temas a guitarra sola: granaína y soleá, instrumentando a merced del cante, eso sí con las falsetas de lucimiento y de reconocimiento del público tan en medida que no emborracharan al respetable ni enfriaran al cantaor, como sabían los viejos.
El viernes la Peña El Taranto acogió un recitalazo, lo reconocían todos de alante a atrás, soberbios el taranto de Zarrita, los tientos-tangos de El Titi, la digitación impulsiva y floreada del homenajeado en la guajira de aquel y una conjunción lujosísima de este otro en la seguiriya que a capricho De la Fragua le pidió; en esa interpretación se fue la luz, lo que hizo mucho bien a la profunda negritud que iban tomando cante y toque, como requiere ese estilo.
El fin de fiestas por bulerías se fue desgarrando mucho con el compás de Tony Santiago, Titillo y Juan Andrés Heredia. De la Fragua, emocionado y agradecido los besó uno a uno y con la mano pedía el reconocimiento al público para su corte, hasta que los dos cantaores tuvieron que darle el trofeo y empujarle al filo del escenario para que recogiera él la salva de reconocimiento.
A la antigua, cabía en ese guión no escrito, David Delgado pidió que las voces hicieran unas rondas de fandangos, adelantó la silla, puso el pié y empezó a tocar por arriba, y a cantar ellos, y a arreciar los ¡oles! y los plausos.
Esperé a que acabaran los parabienes, las fotos, los besos, en el descansillo entre los baños y la cocina que tan bien comandaba la familia de José Vergara, en la planta alta de Los Aljibes Árabes, lo paré para preguntarle su edad precisa. “Ahora treinta y tres, el 19 este ya treinta y cuatro, ¡ya ves Luis!”. Está preparando un disco que registre su guitarra. Nos dimos otro abrazo y no le dije nada más. Comenzamos a debernos tabaco en los años efervescentes, yo ya no gasto, y él… a veces no se acuerda.

Luis García Yepes
Coordinador de Ondeando Almería