José Padilla Sánchez fue el músico español más internacional en la pasada centuria. La afirmación no es gratuita. No existe país civilizado en el que por una razón u otra, en cualquier espacio escénico o sala cinematográfica no se escuchen composiciones debidas al genio creador del almeriense venido al mundo en la parroquial de San Pedro cuando el siglo XIX finiquitaba. Valgan como ejemplos universales La Violetera, Valencia, C´est París, Relampaguito, Estudiantina portuguesa o El Relicario, de cuya puesta de largo triunfal se cumple ahora el Centenario. A tales títulos debemos sumar los más localistas himnos a Almería y a la Virgen del Mar. Y un sinfín de obras de inspiración andaluza, zarzuelas y operetas.
Hijo y nieto de músicos (célebre fue el decimonónico Sexteto Sánchez), el maestro nació en la céntrica calle Zaira (actual Gabriel Callejón) el 23 de mayo de 1889. Tras una adecuada formación a cargo de profesores locales y de su presentación pianística con tan solo 15 años en Tabernas, marchó a Madrid en cuyo Real Conservatorio de Música y Declamación continuó los estudios. Su vocación viajera le llevó a recorrer el mundo entero y a mantener domicilio fijo en Barcelona, Madrid, América y París, en la que unos muy bellos jardines llevan su nombre. Francia le brindó la doble nacionalidad, a la que rehusó agradecido.
En premio a los muchos méritos cosechados, su música fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en enero 1989. A título de curiosidad digamos que José Padilla es uno de los cinco almerienses a los que Correos dedicó un sello postal. Nicolás Salmerón, Francisco Villaespesa, Julián Arcas y Manolo Escobar son los cuatro restantes.
Sentado ante el piano de su casa madrileña, los meses enero-marzo de 1914 llevó al pentagrama dos de sus más conseguidas obras: La Violetera y El Relicario. Nos centramos en este segundo pasodoble. Género en el que se prodigó dado el enorme atractivo de que gozaba (y goza) entre muy diversos públicos desde tiempo inmemorial: formando parte de entremeses y tonadillas teatrales, como pieza bailable, incorporado a desfiles militares (paso-doble, avivando la marcha de la tropa) o convertido en banda sonora de corridas de toros.
El proceso de gestión lo señala Manuel Antonio Ayala Matarín (a la sazón director de la banda municipal de música de Berja) en su libro “José Padilla: vida y obra a través de la crónica periodística”. Padilla contó para El Relicario con los letristas Oliveros y José Mª Castelví, periodistas catalanes ambos. Música y letra le había sido solicitada por la canzonetista Mari Foncela, quien lo estrenó en 1914 sin demasiado éxito en el teatro Arnau del Paralelo barcelonés; éxito que tampoco acompañó a su sucesora, Conchita Ulia. Sin embargo la eclosión definitiva debió esperar a 1919, en el que Raquel Meller lo elevó a la condición de pieza antológica e imperecedera, con París de testigo. Ese año -del que ahora conmemoramos el Centenario- la genial cupletista se anunció en el Teatro Olimpia con el espectáculo Revue de Soubaits, junto a Mistinguette y Maurice Chevalier, incluyendo en el repertorio La Violetera y Gitanillo. El triunfo ante la crítica y el exigente público fue total. Desde ese momento todas las orquestas galas hicieron suya la partitura de El Relicario.
La trama de la copla relata “el encuentro, cierto día de San Eugenio, de un afamado torero y una gentil madrileña. El diestro extiende su capa a modo de alfombra, asegurándole que va a recortar la parte donde ella ponga su pie, para conservarlo como recuerdo. Tiempo más tarde, en la plaza, el apuesto torero cae mortalmente herido, mientras la maja le ve morir llevándose a los labios el relicario que encierra aquel fragmento de capote”.

Antonio Sevillano