Se le habían descolgado los mofletes porque ‘La Gran Edad’ trae, por bonica que venga, cosas como esa; seguía escribiendo su columna diaria a los 91 años, y dicen que casi hasta los últimos días fumándose un BN y tomándose el Dry Martini.
El Centro Andaluz de las Letras decidió que el año 2019 estaba dedicado a su figura y para ello ha montado la exposición ‘Manuel Alcántara, las columnas y los versos’ que se acompaña de un gran catálogo con 160 páginas pero que a Almería ha llegado con el resumen de 16 paneles. Se inició el año con ese propósito y se murió Manuel en abril a los 91 años recién estrenados (nació el 10 de enero de 1928).
Vivió para contarlo en más de 30.000 columnas, lo que se refiere en la exposición que ocupa la sala de la Biblioteca Villaespesa de Almería hasta el día 28 de este setiembre, en una decena de poemarios, y muchas crónicas de boxeo en Marca entre los años 60 y 70 del pasado siglo.
Este malagueño del Barrio de la Victoria, recriado en Madrid desde la adolescencia siempre tuvo esa afición pugilística porque su madre le mandaba, cuando se hartaba de él, a un solar que había frente a su casa, donde entrenaban los aficionados. Con crítico tino consiguió una legión de seguidores de sus crónicas de combate, pero un día entregó la pluma y abandonó esa misión: cuando murió el almeriense Rubio Melero tras un KO de larga agonía, esto no se recoge en la muestra que recorrerá toda Andalucía.
Verso a verso se fue rebuscando, y publicando uno tras otro hasta cuatro poemarios que fueron corriendo su suerte engrandecida en 1962, con ‘Ciudad de Entonces’ por el que le concedieron el Premio Nacional de Poesía, el gran brillo del galardón causó una parálisis a la creatividad venidera (dos décadas).
En ese parón poético, que no periodístico, Manuel Alcántara (lo que tampoco se refiere en la muestra) vino a nuestra tierra al ser nombrado el pregonero de la Feria del Libro de Almería, la primera, en 1979, en pleno retiro libresco que se inició en 1963 y se rompió en 1983 con ‘Anochecer privado’.
La muestra en paneles, ciertamente pedagógica pero a salto de mata, abunda en su actividad de columnista de opinión que pasó por Pueblo, Arriba, y Ya, y un tercio de su vida en el Diario Sur de Málaga, el de su tierra, donde permaneció rubricando como en las otras tres cabeceras andaluzas de Vocento hasta dos meses antes de su muerte. La columna: el clavo ardiente; y la poesía: la festona colgante, sin tiempo.
El gran Umbral destacó que su modo en el género de diario “es ante todo inteligente, de calor frío, de frase certera, intencionado y sobradamente lúdico”. Yo no puedo matar al maestro, pero jornada a jornada y estando yo trabajando en una de las cabeceras en que Alcántara era el ‘pilar’ de cierre, me sobrepasaba su humor lingüístico, que veía de pie forzado.
Su poesía de métrica clásica es menos conocida que sus claves y su fluida forma de sobrehilar la actualidad en un espacio de lata de sardinas. Eso sí lo tenía: soberbio juntando churrras con merinas, sabiendo interpretar para el lector el sentido de los balidos que profería cada cabeza del ganado reinante de la actualidad (la de cada época de las varias que vivió).
Muerto Alcántara le sobreviven su vida en paneles ahora y todas las hemerotecas con más de 30.000 artículos, sus poemarios, su Fundación en ese barrio que se enfrenta a los Baños del Carmen de Málaga, y dos premios que creo no han desertado a esta altura de milenio, uno de periodismo y otro de poesía… Y el profesor Teodoro León Gross, como valedor de su memoria.
Los almerienses tenemos hasta el día 28 para de una forma muy sintética acercarnos a su vida y obra. En la muestra se resalta de forma destacada que tuviera “cara de mal actor mexicano” sin detallarse quién lo dijo, fue el gaditano Fernando Quiñones. Y esa cara se le quedó a Alcántara incluso cuando la decrepitud le descolgó los característicos mofletes de niño bien merendao. Los actores que no olvidan los directores van ofreciendo filme a filme en sus rostros la cruz del tiempo. El maestro Alcántara, para el que he reconocido tuve una mirada no del todo atenta, dejaba en la cruz del diario minutos de redención, sin un atisbo de cansancio, hasta aquel punto y final de su artículo último de febrero del diecinueve. Hace nada.

Luis García Yepes