Entrar en el ensayo y por tanto en el repertorio de las orquestas era y es la máxima de cualquier grupo popular, allí, allá y acullá… En la madrugada el vocalista y las coristas, entre banderolas, luces y público variopinto, dejan la voz pendida del aire y llega un agarrao, por ejemplo. En eso eran especialistas ellos y los otros (Los Chichos), La traza macarra que siempre tuvieron sus canciones, los coches de choque y la caseta de tiro de perdigones atestados con la chavalería de barrio y/o de pueblo en el marco de las fiestas.
Los Chunguitos vienen previo a las fiestas de Dalías en dúo, murió prematuramente Enrique, en los ochenta y se retiró el primo, Manuel, así que ahora defienden Juan y José Salazar un serial de rumbitas, con esa cadencia gitana (no cabe otra, pueden ser o no catalanas, pero gitanas siempre), ensartadas en los amoríos y en las pérdidas que lleva consigo la mala vida, refinadas en el decir y orquestadas y arregladas sin mucho techno.
‘Me quedo contigo’ o ‘Dame veneno’… lo que se dice hoy dos ‘hits’, y otros grandes éxitos desde principios de los ochenta: ‘Pa ti pa tu primo’, ‘Amor de segunda mano’ o el tan en la ‘partitura’ de las orquestas, verdaderas difusoras, ‘Soy un perro callejero’, volverán a cobrar vida en el tándem metido en años, revestido de confección del siglo veintiuno, pero con esa alocución a un tiempo ya pasado, que solo mantienen en candelero y como nadie hoy otros ‘rumbistas’ contemporáneos: Camela.
Los hermanos Salazar, frente a sus hermanas las Azúcar Moreno, mantienen sin haber renunciado al sonido de antaño temas últimos como ‘El amor se escapa’. Pasaron también por vaivenes de gestión (dejaron el nombre de Chunguitos un tiempo por Hermanos Salazar) y han conseguido lo máximo del momento, hoy: Que Rosalía, la que ha venido a dar lecciones de nueva sensibilidad y no sabemos si a sentar cátedra, pronunciara en Los Goya su ‘Me quedo contigo’ con polifonía detrás, tema que ya habían reinterpretado, tiempo ha, Antonio Vega o Manu Chao.
La Plaza del Mercado del pueblo de Dalías -podía haber sido El Casino, un clásico, pero se ha preferido este lugar (el concierto es gratis)-, será la peana para que Los chunguitos, desasidos de anillos de presumir y trajecitos de boda, más en casuales, rememoren, a viva voz un repertorio inmortal santo y seña de este país, como el pasodoble. Los hermanos Salazar pondrán la plaza caliente este 31 de agosto, cuando más de uno recuerde el coche de su padre, el primer porro en los bancos, a ellos metidos en la minicadena o el walkman, cantando en los futbolines y en aquellos domingos por la tarde. Un arrullo para olvidar o regodearse en tener “una pena muy grande, pena, pena; por culpa de una mocita, pena pena”. Los Chunguitos no es que vuelvan. No se fueron nunca.

Luis G. Yepes