En el ámbito flamenco cada ciclo litúrgico religioso o civil se acompaña de reconocibles músicas populares. Así, Semana Santa es lugar propicio para el cante por Saetas. La Navidad en cambio es patrimonio de estilos festeros asociados al villancico. Es decir, de coplillas con las que se acompañan la tradicional petición del “aguinaldo” o “aguilandos”, expresión genuinamente almeriense derivada gramaticalmente de estos.
Los filólogos no aciertan a explicar porqué en determinadas circunstancias una palabra se aleja de su raíz etimológica hasta transformarse en otra totalmente distinta. Valga el apunte semántico a cuenta de “villano”, hoy sinónimo de ruin o malvado pese a que en su primera acepción latina designaba al habitante de villas, aldeas y pedanías. Por tanto, villancico viene heredado de labriegos y pastores y no de gente innoble.
El pueblo llano cantó numerosas de estas letras religiosas o profanas, sin limitarse a ser banda sonora de la Natividad de Jesús. Es más, en etapas de permisividad dogmática regresaron al punto de partida laico, integrando versos y estribillos a entremeses teatrales y tonadillas escénicas, aunque el clero censurase la canalización de asuntos y conceptos sacros con productos alejados del buen gusto. De cualquier manera, debemos distinguir tres grandes grupos temáticos: el barroco, el eclesiástico y el popular (frecuentemente incorporado a su respectivo folclor regional). Datados en las centurias XIV y XV, los villancicos españoles hunden sus raíces en la música visigótica toledana o en zejeles de moda en tiempos de los Omeya cordobeses; extendidos posteriormente a todo al-Andalus por trovadores y/o ciegos romanceros y menesterosos.
De los 5000 catalogados en la Biblioteca Nacional, en Almería se conservan dos, fechados en la primera mitad del siglo XVIII, firmados por el mismo autor. El primero de ellos (año 1740) vio la luz en la Imprenta Real de Granada: “Villancicos que se han de cantar en los solemnes Maitines del Sagrado Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puestos en música por Don Antonio Ladrón de Guevara… (maestro de capilla de la catedral urcitana)”. Se componía de ocho versos con sus arias y estribillos correspondientes, interpretados (dúos y coro a cuatro y ocho voces) por niños cantores del Colegio de Seises. Acompañados del órgano, violines, arpa, clarines, bajón, oboe y flautas. Bucólicas estrofas que bien pudieran ser actuales:
Las zagalas de Belén
con un pastor van en tropa
a cantar al Niño Dios
un Villancico a la moda.

Yo traigo uno cantado
como Zarzuela,
que ha de hacer mucho ruido
si no se enreda

Desde el cielo has bajado a la tierra,
y aunque eres Lirio del Valle,
cierto es,
te has vuelto purpúreo clavel

Aquel seisecillo nuevo,
Dominguillo el de Canjáyar
que soldadito de Orpheo
sentó en esta Iglesia plaza.

El “pedir el aguinaldo” (o aguilando) entre amigos y vecinos (chacinas, dulces y/o bebidas) es una antiquísima costumbre en vías de extinción. Reducida en el mejor de los casos al ámbito rural. Sus letras y melodías pasaron de generación en generación por tradición oral. Pero mientras que tales coplas han quedado impresas, las músicas que les son propias solo resisten en la memoria de personas mayores, en muy pocas familias.
Es el caso de la del Niño de las Cuevas. Al reconocido y poliédrico Antonio F. García Rodríguez debemos una interesante iniciativa. Ante la carencia de registros sonoros ha grabado –bajo el patrocinio del Instituto de Estudios Almerienses- un CD de villancicos y aguilandos de inequívoca raíz almeriense: de Cuevas de los Medinas, Balerma, Pescadería, los Morrina, clásicos andaluces, etc. Ahí escuchamos los instrumentos típicos: zambomba, pandereta, violines, botellas rugosas, etc. Junto a las voces del propio Niño de las Cuevas, de su mujer, Lola, sus hijos, Ana Mar y Antonio de Quero, y distintos hermanos, entre ellos Aníbal, autor de unos Campanilleros Apócrifos. Recomendamos vivamente su audición.