La Velasco lleva años amenazando con batirse en retirada pero hasta ahora no ha cumplido. Lo hizo con su antepenúltima función, “El funeral”, y también con la penúltima, “Las metaformosis”, y ahí sigue, ahora con “La habitación de María”, un traje a medida en forma de monólogo que le ha escrito (van dos) su hijo Manuel Velasco. Es probable que esta sea la vencida: a Conchita (Valladolid, 1939) se le ve cansada y presenta en las promociones de su última cosa un perfil faraónico de reina en las postrimerías y esas manos trágicas con venas como el Pisuerga, y abandona “Cine de barrio” en manos de Alaska, que es como dejárselo a la criada fiel y sudaca, una criada redicha que le roba los cosméticos (el talento querría pero es imposible) a la señora de la casa. Concha Velasco es sin duda una de las mayores estrellas que ha dado la cinematografía y el teatro españoles en toda su historia. Versátil como ninguna, ha tocado todos los palos en la escena, el cine y la televisión, o sea que es una artista larga y redonda a la que amaron lo mismo José Luis Sáenz de Heredia como Juan Diego, a diestra y siniestra, y así también para el público. Leyenda viva, a Almería vino siempre mucho, tanto a la capital como posteriormente a los auditorios de Roquetas y El Ejido. En este último escenario dio una “Hécuba” con fiebre y llena de mocos absolutamente memorables. Ella y los mocos. Cuando la función llegó a Madrid tuvo que suspenderla porque tenía un pie en la fosa, y ella sin saberlo. Una intervención quirúrgica la salvó in extremis. En otra plaza y con otro título se le despegó la retina de un ojo en el escenario y no se quedó ciega de milagro. Quiere decirse que es inmortal aunque hace tiempo que le piden la vez. Dando una comedia en Madrid se meó literalmente de risa en escena y el público, lejos de celebrarlo, la pateó. Muchos años después se sacaría un dineral anunciando estos paños de Indasec. Otra en Almería fue con “Hello Dolly!”, esa debacle que la arruinó y un coñazo de función obsoleta y loca para la que empeñó hasta el lunar (tatuado) de esa cara tan bonita suya. Cuando cayó el telón, fuimos a saludarla y nos dijo apesadumbrada: “Uno de los bailarines principales se ha partido la pierna durante la función, pero seguro que no os habéis enterado de nada”. Era cierto. Después de “La rosa tatuada” (mi preferida de cuántas le he visto), también la esperamos a la salida del Maestro Padilla. Estaba con ella el hermoso de Macael. Después de agradecernos la espera en una noche heladora, pegó una voz acojonante: “¡Vamos, Marsó!”. Nunca vimos a la Xirgú ni a la Guerrero, pero esta les da sopas con hondas por lo que aprendió de los viejos y por lo que aportó con su enorme talento y una ambición y aprendizaje pasmosos. De función doble y por la mañana a rodar. Acostumbrada a vender hasta el último billete de la taquilla, en ocasiones abandonó funciones que iban como un tiro dejando a la compañía empantanada y sólo por un apetito insaciable de hacer cosas nuevas. Es un coloso, una figura irrepetible a la que, ahora parece que sí, despediremos los almerienses el próximo día 16 de octubre del año de la peste de 2020.

Antonio de la Trinidad Ruiz.