Al cantaor y contaor Chano Lobato (Cádiz 1927-Sevilla 2009) ‘In memoriam’

La tita Marimar me ha llevao al Mercado, ella siempre, por estas fechas va y encarga o, si lo tienen, coge y se lleva un salmón fresco. Largo, que a la abuela le da asco, tanto que hasta hace dos navidades no consintió probarlo. Ella decía: “¡Qué horror! Pescao crudo, sin saltear, ni sellar, ni darle un hervor”.
Hemos entrao por la puerta bonita, donde está la mujer con el canasto de flores que se parece a la figura de porcelana china que quebró de un rabotazo Manolo, el gato. ¡Eso fue a mala leche! Hemos cogío seguido la escalera mecánica para bajar, y en nada estábamos enfrente de los pescaos con sus ojos muy abiertos, y de los pescaeros con sus caras de listos -que dice mi abuela-, quienes indicaban las gambas, las cigalillas y decían: “¡boquerón de la bahía!”, pero mi tía iba mirando rápido hasta que ha visto dos puestos donde había salmón, y se ha parao a comprar en uno. En el que estaban sin buche, como una bota sin lengueta ni cordones. El hombre le ha preguntao que cómo lo preparaba y con un cuchillo como media pala de pádel lo ha decapitao de un golpe, y le ha retirao la cola, y… Lo ha rajao de arriba a abajo. También lo ha cepillao un poco por los laos, sin quitarle las pecas. Antes de cobrar le ha dicho a mi tía si quería la cabeza.
Y nos hemos ido sin mirar nada más, por una rampa que da a una calle donde está un bar al que me llevó un día mi abuelo, cuando fuimos a hacerme las primeras gafas. Ella iba pensando en comprar en el super azúcar y sal que es como se cocina el pescado que a mi abuela ya no le da asco, solo con eso y metiéndolo en el cajón de vinos buenos que le regalaron a su exmarido, el que era mi tío Juan, está hecho. Yo iba pensando en lo buenos que estaban el queso y el jamón que comí en ese bar, cuando nos asalta un hombre con zapatillas y la camisa remangá, a nosotros y a unos guiris despistaos que iban por allí. Y dice el hombre: “Señoras, señores, les voy a contar cosas verídicas”, y ha comenzao a cantar, haciéndose palmas:

A la plaza de abastos
de esta gran población
piensa el ayuntamiento
hacerle una renovación.

Va a ponerle una montera
de cristales de colores,
y un terno de raso verde
pa todos los vendedores.

Y a los que hacen los churros,
pa que esten más elegantes,
calzones cortos de seda
sombrero de copa y guantes.

Y al cobrador de la renta
le pondrán un pararrayos
y unos zapatos de orillo
porque le duelen mucho los callos.

Mi tía se ha transformao, ha empezao a hacer palmas, ha tirao la bolsa con el pescao al suelo y, moviéndose poseída ante la mirada de los guiris y mi vergüenza ajena, ha bailao un buen rato. Al final ha dicho: “Azúcar y sal, tra, tracatrá, tratrá”, el cantaor se ha reído, y yo pensando en el jamón y el queso. “Son tanguillos”, íbame diciendo cuando ha abierto la puerta de cristalillos, y me ha pedío un mosto y se ha empeñao en que comiera higaditos “que son muy buenos para los niños”. ¡Higaditos! Qué cosa más fea. Yo le he dicho que no, que por la memoria del abuelo quería jamón y queso, y me lo ha pedío y cuando llevaba dos lonchas me ha quitao el plato y ha salío a ofrecerle al cantaor y he aprovechao para darle un sorbo a su vino: siento decírselo, el mosto es una birria. ¡Bueno, doña Carmen, ya le he contao lo que creo pedía! ¡Puntúeme bien, que me juego unos tenis buenos en las rebajas! Que las maestras, lo digo por mi tía Marimar, están mu locas: se quedó allí bailando un rato, ya ni caté el queso y por pocas se le olvida el salmón, que le salió muy bueno.

Luis García Yepes (Almería 1973) es autor de los cuentos ‘Al final de él’ editado por el IEA y ‘La Navaja heredada’ aparecido en la revista Rayuela