Un ‘treintiuno’ de diciembre
rozando la madrugada
paseába el buen rey moro
desde el puerto a la alcazaba
cuando cruzó su camino
una curiosa algarada.
Era un grupo de paisanos
con panderos y dulzainas
que iban cantando a la aurora
con voces acompasadas.
Preguntóles el buen rey
que era lo que festejaban
y el mas vivo del corrillo
de este modo contestara:
El adiós al dos mil veinte
mal año que al fin se acaba.
Año nefasto, funesto,
cruel y aciago hasta las trancas.
Tan malvado y desgraciado
y de memoria tan mala
que casi el año termina
con la humanidad diezmada.
Una horrorosa pandemia
de una enfermedad extraña
se extendió por el planeta
de forma desmesurada
causando tristeza y muerte
entre las gentes honradas.
Al parecer desde China
un virus se propagaba
por todo el globo terráqueo
sin que nadie lo atajara.
Hospitales colapsados
las urgencias saturadas
ucis sin respiradores
enfermeras sin pijamas
protectores del mal bicho.
En fin, ¡El caos! ¡La caraba!
Los estudiosos del mundo
se pusieron pronto en marcha
para hallar una vacuna
que estos males remediara
la hallaron y la aplicaron
con mejor o peor gracia,
y ahora andamos a la espera
de saber si al virus mata.
El buen rey sin comprenderlos
y reanudando su marcha, les dijo:
Me voy de nuevo a Dubai
que allí parece que hay calma.
Y marchóse meditando
camino de La Alcazaba.

Alicaído (El morisco deprimido)