Tras varias epidemias de cólera en la provincia de Almería, en los años 1834 y 1860 la más grave y virulenta y que más afectó a la provincia de Almería fue la de 1885. El cólera, una enfermedad vírica que junto a la peste ha sido de las más extendidas por el mundo como pandemia, en el siglo XIX tuvo gran presencia y se llevó miles de vidas y desde 1817 tuvo siete ‘resucitaciones’.
El llamado Vibrio Cholerae llegó en la primera invasión en 1833 a España, llegando a muchas poblaciones de Almería en 1834 recorriendo la provincia de la Alpujarra a Vélez Rubio, según estudio de Donato Gómez Diaz, que contabiliza que en julio de ese año pierden Adra 560 personas, Dalías 600, Berja 678 o Vélez Rubio 400, y en Las Alpujarras del 3.6 a 8.8% de la población. Suponiendo en España la infección de entre el 22 y el 30% del total de habitantes.
La segunda epidemia, pasada la mitad del siglo, bajo el reinado de Isabel II, llegó a la provincia con presencia en Roquetas en 1854 que se pudo aislar, pero al año siguiente apareció en Adra, Berja y Dalías, y se fue extendiendo de Canjáyar a Vélez Rubio dejando decenas de muertos, mas fue en el año 1860 cuando pese al control la provincia de Almería tuvo más afectación con 1.067 muertos en 23 municipios, en una epidemia que duró 108 días, y que azotó a Andalucía, Murcia y Valencia con 20.000 afectados y 7.000 muertos.

‘La Voz Médica’

Pero fue la epidemia de 1885 la más letal para Almería, aunque ya cogió algo prevenida a la población y autoridades que sabían que el acordonamiento de la infección era lo fundamental. En esta ocasión una vez más los medios de comunicación tuvieron una gran utilidad, acompañando a los medios locales generalistas: ’La Crónica Meridional’ o ‘El Almeriense’, apareció ‘La Voz Médica’, que editó su primer número en 1884. Los medios denunciaban directamente a quienes se saltaban los medios de condonación de forma flagrante tras promulgarse los bandos que exigían “limpieza y aseo de las viviendas, servicios, retretes, sumideros, patios y corrales, cuidado de cuadras y cocheras” incluso los lugares que desprendían malos olores.
Para esta epidemia que provocaba diarrea, deshidratación y muerte, se prohibieron los lavaderos colectivos en el casco urbano y criar cerdos entre otras medidas.
Como la propagación era por la falta de higiene, la población empezó a acopiar agua, lo que hizo a la autoridad el tener que revisar los lugares de acopio así como obligó al Ayuntamiento de la capital a cortar el suministro público, ya que a primeros de agosto de ese año ya había contagiados, quedando solo útiles para agua de consumo algunos pozos de los alrededores de la ciudad.
En las tres fases de medidas, las higiénicas-sanitarias, las preventivas y las medidas correctivas que lideraba el Gobierno Civil, apareció un artículo en que se determinaba que “el cólera no se mueve, el cólera va donde lo llevan y camina al paso que lo llevan”.
En ese año y los anteriores y posteriores había muchos almerienses emigrados, eminentemente mineros experimentados que fueron a Cartagena, La Unión, Linares y Huelva, y por ellos se determinó poner un cordón sanitario y que esos hombres no volvieran a Almería.
La extensión de la pandemia se hizo larga y pronta en Cantoria, Fines, Arboleas, Olula, Zurgena… llevada por un minero según se asegura en el informe de Donato Gómez, y en el Rio Andarax próximo a Almería, llevada la cólera por los segadores a Gádor, Rioja, Benahadux, Huércal de Almería y Níjar.
La prensa nacional que se había opuesto al Gobierno de Cánovas del Castillo y que veía que la epidemia en España no existía y era “un intento del gobierno de distraer a la opinión pública de los verdaderos problemas de la nación”, aducía, hizo con esta aseveración que el Gobierno vacilara y quitara los cordones y lazaretos (recintos a las afueras de ciudades y pueblos para pasar la cuarentena las personas probablemente portadoras de contagios) lo que provocó una gran propagación, no tanto en la capital de Almería, pues su gobernador determinó medidas sanitarias de gran rigor en esa tesitura, no dejando movimiento de pasajeros ni mercancías en los primeros meses, destituido el gobernador, en agosto la idea del Gobierno de Cánovas cambió otra vez hacia las restricciones.
Con la destitución del Gobernador el cólera se hizo presente en la capital muy rápidamente, entre julio y octubre de aquel fatídico 1885 en Vélez Rubio murieron entre 88 y 300 personas, en Huércal-Overa 61, muchas en Adra (sin contabilizar) en los pueblos del Río también corrió, en Pechina en de agosto a septiembre 66 muertos… Un desaguisado que se presentó en Almería con el primer muerto el 18 de agosto, en plena Feria, lo que hizo que se suspendiera en previsión de lo que ocurrió: en pocos días 400 contagios con 99 muertos, convirtiéndose en una epidemia que duró hasta primeros de septiembre, con especial incidencia en el barrio de las Almadrabillas, el más pobre.

Segadores y arrieros

Se determinó que los segadores y arrieros eran quienes lo ‘trasportaban’, confinándose a los mismos y evitándose su reunión. Al no haber transito de mercancías foráneas, las autoridades hubieron de poner en marcha medidas para paliar el hambre dando ayudas e inventando la ‘cocina económica’; el hambre en Adra fue mucha porque se les unió además una riada el año anterior.
Los periódicos denunciaron también las reuniones piadosas de personas para evitar la propagación por contacto, criticando así una procesión que hubo en el Paseo del Príncipe en la Crónica Meridional que afirmaba: “esas manifestaciones de una piedad, devoción o fanatismo ahora nos parecen muy extemporáneas y fuera de razón”.
En la provincia de Almería con esta epidemia de 1885 fueron uno total de 4.204 los muertos y más de más 35% de la población estuvo infectada por cólera, según el informe de Donato Gómez, titulado ‘Bajo el signo del cólera y otros temas de morbilidad, higiene y salubridad de la vida económica almeriense, 1348-1910’ , publicado por la Universidad de Granada.
En esta tesitura hubo un personajes muy singular que como médico ayudó y contribuyó a la organización de las clases más desfavorecidas, fue el doctor José LItrán López, muerto cuatro años después y que también padeció el cólera quien según asegura el historiador Antonio Sevillano “salvó a cientos de vecinos contagiados durante la virulenta epidemia de cólera declarada en la capital y la provincia”, quien se hizo cargo den plena epidemia del Hospital de Infecciosos del Barrio Alto, y uno de los redactores de la nueva revista ‘La voz médica’.
Ene se verano gran parte de la gente pudiente en Almería y otras provincias fue abandonando especialmente los pueblos pequeños donde había poca asistencia médica, y los lugares más infectados.

Fuente popular y muerto ilustre

En ese contexto histórico y debido a supercherías populares, se extendió entre la población que los medicamentos que recetaban los doctores eran ‘veneno’, tanto fue así que el alcalde de Adra, para intentar evitar las muertes por ignorancia, se presentó en casa de muchos de los afectados tomando él mismo los medicamentos que a aquellos les habían prescrito.
En la capital cerraron muchos negocios y muchos obreros por la epidemia y el miedo dejaron de ejercer su profesión por lo que tampoco entraban a casa jornales y llegó gran penuria. Hubo revueltas proletarias por la falta de alimentos muy sonadas en el Barrio Alto. El aún hoy pilón de la Calle Polka, tras el Ayuntamiento, queda como único testimonio en la ciudad de aquella época como fuente de las que fueron cortadas de suministro de agua en los meses del cólera en Almería, y en el cementerio de San José entre otros el mausoleo en la tapia norte del ‘Cementerio Inglés’ al doctor José Litrán que fuera masón y yace aquí por negativa del obispo Santos Zárate a que ocupara un nicho del general (católico), el prelado dijo para estupefacción de los cientos de amigos y dolientes que vivían la contrariedad “que lo dejen en un monte y se lo coman los canes”.

Luis G. Yepes/Almería