Miguel Rueda, la mirada emotiva

Las agradables narraciones de Miguel Rueda son un regalo para la vista. Da, daba, igual el motivo, el hecho contado, pues su mirada inocente y sin luz doliente,  mas su falta de prejuicios o búsqueda de conclusiones, dejaban prendidos en el espacio los hechos vistos con un golpe de vida infantil sin desatender el trasunto del tema.
Era el mayor de los Indalianos en edad (nació en 1910) pero se desgajó pronto del corpus inicial, según asegura María Dolores Duran, la comisaria de la exposición ‘antológica’ que ahora se cuelga en Diputación, hasta el 6 de octubre y que le refiere como “El Indaliano Ausente”.
Recuerdo a finales de los ochenta dos exposiciones de Rueda, en la sala de Unicaja; sorprendía su entonación apastelada, su integración de los personajes (cuadros siempre cargados de personajes) en la arquitectura, el pavimento de la calle, la acción… De una de estas exposiciones (o quizá de una colectiva de Argar), tenía memorizado ‘El Desahucio’ que está en esta muestra de hoy en Diputación, pero no está aquel gracioso cuadro del cabrero ordeñando sobre el cazo de porcelana rojo, ante la espera de las mujeres. Rueda cuando incluía a un personaje que le daba sentido a la escena, lo nombraba en el título de la obra. Otra cosa que agrada, y responde a su forma de ver y decir, son sus temas; según le confió a Romero-Mihura en su libro sobre los Indalianos: “Yo me fijo en cosas de tipo social, gente obreril, cosas que pueden ser plasmadas no con un sentido demagógico, sino puramente pictórico”.
Era quizá el que menos dibujo tenía -hay que contar que es sorprendente que sus obras estén resueltas a espátula, rasgo que no se detecta en el resultado-, pero su peculiar paleta era de una luminosidad tamizada, ácida y a la vez finamente bruñida, produciendo una conjunción armónica. Son graciosos sobre todo sus cuadros: el vendedor de cañadú, los de mercados, la manifestación. La comisaria ha querido destacar ‘La clase al aire libre’, un cuadro de gran formato y ‘Pescado Fresco’ pero no representan el genuino Miguel Rueda, son un ejercicio acartonado (más el primero) para, por sus dimensiones, demostrar que hizo ‘obra mayor’ este pintor que se sentía maestro.
Vayan a observar a Diputación, no se pierdan la mirada emotiva de Miguel Rueda, una visión naif y fauve incluso, llena de gente sonrosada: niños burlones, madres paradas, viejos encorvados… que habitan en unos cuadros que son trozos de vida, de vida amable.

Luis García Yepes

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